domingo, 31 de mayo de 2015

La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) cumple 65 años

Sigue a continuación una nota publicada el día 29 de mayo en el sitio web de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), destacando los 65 años de vida de la institución. Siendo la misma un miembro destacado del sector espacial del país –a través del desarrollo de diversas tecnologías para el mismo- ArgentinaEnElEspacio reproduce la nota para sus lectores.

65 AÑOS DE CULTURA NUCLEAR

A siete décadas de su creación, la CNEA reafirma sus políticas para consolidar la actividad nuclear como herramienta fundamental en el aporte de la construcción de soberanía tecnológica.


Cuando el Presidente Juan Perón creó a la Comisión Nacional de Energía Atómica en 1950, mediante el Decreto Nº 10.936/50, con el objetivo de brindar un marco institucional al sistema tecnológico nuclear, marcó un hito fundamental en nuestra historia, al transformar a nuestro país en el primero del hemisferio Sur en ser capaz de incursionar en el desarrollo de la energía nuclear con fines pacíficos.

PRIMEROS PASOS.

La presencia de reservas uraníferas en el país y la posición del Gobierno al decretar en 1945 la importancia estratégica del mineral de uranio y la prohibición de su exportación, fueron los motivos para que, luego de los primeros hallazgos de importantes yacimientos en Mendoza, se decidiera que el Estado, a través de la CNEA, dominara todas las etapas del ciclo del combustible nuclear.

Grandes impulsores en ese momento como José Antonio Balseiro y Mario Báncora dieron el envión científico necesario, tras la experiencia encabezada por el físico austríaco Ronald Richter, que a pesar de sus controversias dejó un importante saldo positivo en capacitación, formación y grandes recursos en maquinaria e instalaciones. Poco a poco se incorporaron otros científicos que volvían del exterior, y ya a 3 años de su creación, la CNEA había iniciado actividades de investigación en sus instalaciones en Buenos Aires.

Se realizó la compra del sincrociclotrón y un acelerador de cascadas que dieron origen al desarrollo de la física nuclear en la Argentina. Además, se formó un grupo de radioquímica con el Profesor Walter Seelman-Eggebert, que hizo aportes originales identificando diversos isótopos nuevos. Asímismo, grupos de radiación cósmica, que se habían iniciado en la Universidad de Buenos Aires, encontraron su ámbito para el desarrollo de investigaciones en la CNEA.

Al poco tiempo se iniciaron actividades en metalurgia de la mano de Jorge Alberto Sabato, quien en 1954 se integró a la institución para dirigir el recién creado Departamento de Metalurgia, además de colaborar con Antonio Balseiro para la creación de la Escuela de Física del Centro Atómico Bariloche (actual Instituto Balseiro), en 1955. En ese entonces, la CNEA había decidido que se dedicaría a desarrollar las bases necesarias para la tecnología de reactores cubriendo todas las áreas científicas conexas.

HACIA EL SUEÑO NUCLEAR

Tras varias investigaciones en 1956, se decide construir el primer reactor nuclear de investigación en la Argentina  y es así que en enero de 1958 el RA-1 logra su primera criticidad, lo que marcó un hecho histórico para el país y Latinoamérica, ya que fue el primer reactor construido por técnicos argentinos, con combustibles de diseño y construcción nacional. 

Para 1965, la CNEA logra el estudio de factibilidad para construir en el país la primera central nuclear de potencia y en mayo de 1967, el RA-3, reactor argentino con una potencia térmica de 10 MWt, logra la primera criticidad, permitiendo además la producción de radioisótopos para su comercialización. 

Para 1973, un año antes de la puesta en marcha de Atucha I, Sabato sostuvo:  “lo atómico ha dejado pues de ser un tema académico y de laboratorio, y se ha integrado a la trama socio-político-económica argentina”. Claramente, esta afirmación refleja el espíritu del Plan Nuclear Nacional, que concebía el desarrollo de la industria nuclear no sólo en las ventajas tecno-económicas, sino también en las aplicaciones de la energía atómica, que traerían beneficios en la salud pública, la industria, el agro, el transporte y el medio ambiente, y por consiguiente le daría al país la soberanía y la libertad en sus decisiones.

Es así que cuando retorna el peronismo a la Argentina, se produce una interesante parábola y es el mismo Juan Perón quien inaugura y  pone en marcha la Central Nuclear Atucha I. Ese mismo año también se adjudicó el contrato para la construcción de una central tipo CANDU de 600 MW eléctricos, cuyo diseño se basó en la tecnología de tubos de presión, uranio natural y agua pesada, constituyendo el inicio de la Central Nuclear Embalse.

A partir del acceso a la nucleoelectricidad, que llegó a producir - con solo dos centrales - el 10% de la energía eléctrica del país, la CNEA llegó a su madurez en el dominio completo del ciclo de combustible, y comienza  la construcción de la tercera Central Nuclear, Atucha II, en 1981.

A PESAR DEL NEOLIBERALISMO

El paulatino abandono del Plan Nuclear fue producto de la crisis económica que sufrió el país, sumado a que la demanda eléctrica en la Argentina decayó debido al proceso de desindustrialización ordenado por el ministro de Economía de la última dictadura militar, José Martínez de Hoz, y continuado hasta entrados los primeros años de este milenio. Además, la oferta y el rendimiento de las centrales termoeléctricas mejoró sustancialmente por las privatizaciones realizadas en dicho sector, quintándole protagonismo a la nucleoelectricidad.  

Mientras tanto, como parte del proceso de Reforma del Estado y la mencionada privatización del sector eléctrico, en 1994 se produjo la “reorganización” de la CNEA, con el objetivo de privatizar las centrales nucleares y que el organismo que hasta entonces rigió la política nuclear del país, se enfocara solamente en actividades de investigación y formación. La consecuencia directa fue la caída de su presupuesto en más de un 30% hasta llegar a principios del siguiente siglo a menos del necesario para el costo operativo. 

La construcción de Atucha II se detuvo en 1995, y un año después se decidió disolver ENACE (Empresa Nuclear Argentina de Centrales Eléctricas) y despedir al 75 % de su personal, abandonando definitivamente el desarrollo del Plan Nuclear Argentino pensado para suministrar en 2020 el 30% del consumo eléctrico con plantas nucleares. 

EL RENACER NUCLEAR

A pesar de los embates del neoliberalismo contra un organismo que supo ser símbolo de la nueva Argentina, gracias al esfuerzo de sus trabajadores la CNEA pudo mantener intactas sus capacidades y resurgir de las cenizas, cuando en 2006 finalmente el gobierno Nacional decide relanzar el Plan Nuclear Argentino.

Este nuevo intento de recuperación, diseñado por el entonces presidente Néstor Kirchner y el ministro de Planificación Julio De Vido, generó el marco necesario para reactivar importantes proyectos para el sector y para la soberanía nacional, que no sólo están destinados al desarrollo de tecnología nuclear para la generación eléctrica, sino también con el diseño de nuevos reactores para la producción de radioisótopos, avances en el enriquecimiento de uranio, medicina nuclear e investigaciones para el progreso en el área.

Hoy son más que evidentes los resultados de tanto esfuerzo que hicieron a la Argentina, un país nuclear, y con el apoyo del Gobierno de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se concretó la puesta en marcha de la Central Nuclear “Presidente Néstor Carlos Kirchner” (ex Atucha II), la extensión de vida útil de la Central Nuclear Embalse, asegurando más energía para los argentinos; y el Plan de Federalización de la Medicina Nuclear, que permitirá una mayor cobertura y federalización de institutos para el tratamiento de enfermedades complejas como el cáncer, a lo largo y ancho del país.

También es una realidad el enriquecimiento de uranio gracias a la refuncionalización del Complejo Tecnológico Pilcaniyeu en Río Negro, que permite avanzar en el manejo de la tecnología para la producción del combustible nuclear utilizado en las centrales que utilicen tecnología de uranio enriquecido y agua liviana.

La construcción de un Polo Científico Tecnológico en Formosa, proyectos como el RA-10 para aumentar la producción de radioisótopos y el proyecto Carem, primera central nuclear de potencia íntegramente diseñada y construida en Argentina, demuestran que la recuperación es un hecho; y aunque aun faltan muchos desafíos por enfrentar podemos estar orgullos que en Argentina estamos utilizando esta energía de manera segura para el desarrollo sustentable y cuidado del medio ambiente, como también para la autonomía nacional económica, social y científica.

Fuente: CNEA

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